miércoles, 5 de septiembre de 2012

La Madre Maravilla


En Bahía Blanca, pasando el Parque Independencia, a orillas de una calle empedrada, existe el Hogar Peregrino San Francisco de Asís donde, un día me enteré, daban de comer a miles de personas. Yo me imaginaba esa muchedumbre bajando de los barrios, todos esos seres anónimos que sólo existen en las estadísticas, apareciendo por primera vez en la escena ciudadana para hacernos saber que tenían hambre y que no sólo eran un número. Ahora, alguien estaba haciendo algo por ellos y ese alguien era una mujer. Le decían Natty, Natty Petrosino. 

Fue Laura, una amiga de toda la vida, la que me dijo algo más sobre ella. Su tía Zulema y sus primas Florencia y Silvina iban a menudo a participar de las actividades del Hogar. Pese a que mi amiga descreía un poco de las convicciones de esta mujer, yo sentía una profunda curiosidad sobre ella y un día –creo que se festejaba el día del niño- me aparecí por el Hogar y, por supuesto, ni bien llegué tuve que ponerme manos a la obra.
Aquella tarde estaban preparando un chocolate caliente en unas ollas que parecían bañaderas. Había muchísima gente, barrios enteros. Por fortuna, también muchos voluntarios. El Padre Horacio al que yo conocía de la Parroquia San Luis Gonzaga, también se había acercado a dar una mano y resultaba extraño tenerlo de co-equiper, acarreando ollas como uno más.
Natty apareció de un momento a otro, con su delantal blanco, el pelo recogido y un megáfono en la mano para hacerse escuchar. Se puso a repartir regalos y recuerdo que en el momento que lo nombró a Jesús, yo sentí algo extraordinario. Aquella mujer hablaba de un Jesús vivo. Realmente vivo. Diferente al que yo conocía a través de la Biblia o la Iglesia, el que alguna vez había quedado encerrado en el altar, colgado en la cruz o atrapado para siempre en un libro. Esa mujer se estaba refiriendo a un Jesús que intimaba con ella y le decía lo que tenía o no tenía que hacer. Esto, me resultaba por demás extraño.
Mi servicio duró tres o cuatro horas. No más. El tiempo suficiente para que me llevara esa emoción linda que a uno le queda cuando se olvida de sí mismo y cumple con una labor desinteresada. De todos modos, no dejaba de preguntarme por Natty. Yo había quedado extenuado con sólo pasar algunas horas en el Hogar, pero esta mujer estaba todos los días atendiendo pobres, vagabundos, menesterosos, ancianos que nadie quería, desahuciados con sida, síndrome de Down y enfermos terminales. No, mi mente no podía aceptar la idea de que alguien pudiera llevar adelante semejante proeza. Sin embargo, eso estaba sucediendo. Y en mi ciudad.
Naturalmente mi vida siguió sus carriles lógicos: estudio, primeros trabajos, amigos, básquet y algo de literatura. Un día volví a saber de ella. Fue al prender la tele, entonces, la vi caminando por los tenebrosos pasillos de una cárcel. Con su acostumbrado delantal blanco era una vela encendida en plena oscuridad. Natty se acercaba a las celdas para hablar con los presos que, como fieras de un zoológico, se acercaban a los barrotes sin comprender qué había traído a esa mujer a aquel infierno. Natty les decía que venía por ellos, para denunciar los abusos. Entonces no existían como ahora los programas que se dedican a las cárceles y que se pueden mirar como si se tratara de un entretenimiento más para nuestro morbo. Aquella vez y a través de esa nota, me enteraba de otro submundo a donde también vivían, en estado paupérrimo, otros seres humanos. Los presos se levantaban las remeras y le enseñaban a Natty las marcas de los golpes brutales y el maltrato que habían recibido, mientras yo -no podía dejar de hacerlo- volvía a preguntarme sobre el alcance de la obra de esta mujer: ¿quién era?, ¿qué estaba queriendo demostrar?, ¿cuál era su mensaje?
Hasta entonces sabía lo que todo el mundo sabe, que había sido modelo, alguien del ambiente, de la alta sociedad, que alguna vez había encarnado los ideales de belleza, juventud y glamour que la misma sociedad propone. Hasta que tuvo un radical cambio de vida tras haber permanecido clínicamente muerta. ¿Qué le había pasado exactamente?
Lo quise analizar con mi amiga Laura, pero ella seguía sin darle demasiado crédito a sus argumentos. Otras personas atribuían la rareza de su comportamiento a un delirio místico “Dice que se le apareció Jesús y encima tiene esa teoría de la reencarnación que cierra justo, porque sostiene que todos estamos aquí por algo y que sino cumplimos correctamente ese algo volveremos a nacer una y otra vez”.
Yo le decía a Laura que esa teoría me gustaba pero ella me respondía que eso era algo que no íbamos a saber nunca. Creo que lo que a muchos les incomodaba era que Natty hubiera dejado la comodidad de su hogar para dedicarse a los pobres. Además, con su decisión de abandonarlo todo y dedicar su vida a ellos, había arrastrado gente, entre estas personas estaban Zulema, Florencia y Silvina, tía y primas de Laura. Para colmo, un tiempo después, Natty se fue a Rusia y se las llevó a todas de acompañantes. Según entendí, el embajador argentino de aquel país la había invitado para que diera testimonio de su labor solidaria. Rusia estaba saliendo del comunismo y ahora que el estado omnipresente había desaparecido necesitaba un nuevo espíritu que le diera aliento a la gente, un nuevo Dios, más justo y solidario. Esta mujer bahiense, quién iba a decirlo, se hacía cada vez más importante en el universo humanitario y cruzaba el planeta para llevar adelante su obra.
Pasaron meses, años, hasta que la vi una vez más por televisión. Esta vez, anunciando que se iba a instalar en un lugar inhóspito del norte de nuestro país. Según proclamó allí la necesitaban más que nunca, y aquellos todavía eran más pobres que los nuestros. Sí, porque los pobres de los barrios carenciados o de las villas de Bahía Blanca, que iban a verla para que les diera un plato de comida, ropa o atención, al menos figuraban dentro de las estadísticas. Tenían voz y voto y de alguna manera podían ejercer algún poder, obtener algún beneficio, pero estos pobres de los que ahora hablaba Natty no existían ni siquiera dentro de las estadísticas. Eran sobrevivientes de las colonizaciones. Nadie sabía de ellos o mejor dicho a nadie les importaban. Eran aborígenes, vivían en estado salvaje.
Yo ya me había mudado a La Plata donde estudiaba y trabajaba, de manera que era en mis continuas escapadas a Bahía donde podía enterarme de estas novedades. En el Hogar Peregrino las monjas se habían quedado con algunos dolores de cabeza, porque la fuerza extraordinaria que encarnaba Natty se habían marchado dejando un sin fin de cosas por atender. Pero bueno, al fin y al cabo, ellas también habían entregado su vida a Dios y ahora su oración se iba a tener que volver decididamente una oración práctica.
A esta altura y a la luz de los hechos, estaba seguro de que si Natty había estado clínicamente muerta, la que había despertado de aquella muerte temporaria no era esa misma mujer. ¿Qué duda cabía? De tratarse de un delirio místico, ese delirio se había tornado muy real y útil para miles de personas. Pero yo desconfiaba cada vez más de esa idea, sostenida por un cúmulo de personas que no podían explicar de otro modo su extravagante comportamiento. Me daba cuenta de que con ese corto razonamiento, aquellas personas sólo estaban justificando su pereza espiritual, postergando la búsqueda de verdades más profundas y por qué no de Dios mismo. Creer en Natty era creer en su obra y por lo tanto aceptar su mensaje. Y si uno aceptaba su mensaje tenía que dar un rotundo cambio de vida. Por eso, para muchos era mejor tratarla de loca.
El tiempo siguió barriendo las hojas del calendario. Natty seguía compenetrada con su actividad. Cada tanto rompía su labor silenciosa y se oía en algún informativo la voz de su llamado invitando a la gente a participar con donaciones. De un modo u otro llegaban a mis oídos los rumores de sus hazañas: un largo año había vivido en las mismas condiciones que los aborígenes para ganarse su confianza; en “El Impenetrable” del Chaco había quedado atrapada a causa de las inundaciones y durante días su único alimento había sido el agua de lluvia; finalmente había logrado fundar un pequeño hospital, una escuela y un barrio.
Más tarde, tuve dos o tres encuentros con Zulema Governatori -ahora asistente personal de Natty- y aproveché para preguntarle por aquel episodio decisivo en la vida personal de la Madre Maravilla. Según me enteré, cuando Natty murió, la muerte no había sido un proceso desagradable como la mayoría de nosotros supone, sino que había sido como un nuevo despertar. Un despertar que sucedió ahí mismo, en la sala donde la habían internado por una dolencia en un oído. En algún momento, salió de su cuerpo y, liviana como el aire, se dio cuenta primero del apremio de los médicos y después, de que una de las paredes del cuarto se abría frente a ella para invitarla a pasar a un nuevo ámbito, donde se iba a encontrar nada más y nada menos que con Jesús. El mismo que conocemos por foto, pero que a ella se le presentaba como lo que en verdad era: un maestro real y precioso, que la miraba con la ternura de mil madres.
Junto a él había otros maestros (según parece Jesús también tiene su equipo de colaboradores). Uno de ellos le preguntó si sabía lo que le había pasado y ella sonrió. Sí, estaba muerta y al mismo tiempo más viva que nunca. Sólo que aquel comité divino tenía un asunto que arreglar con ella y que en definitiva consistía en saber cuál era su deseo: si quedarse en ese estado de plena gracia o regresar a su anterior vida. Ella se quería quedar, pero los maestros le pidieron que viera algo antes de decidirse. Entonces pudo ver el sufrimiento que su muerte había suscitado en su hijos, en su familia, en aquellos que amaba y que la amaban y se dio cuenta de que no podía irse y dejarlos con ese dolor. No al menos antes de decirles que la muerte no existe, que tal como la entendemos es una proyección de nuestra propia mente.
Y volvió, pero con una misión, “la de pasar el plato”, tal como se lo había anunciado Jesús. Cuando se despertó se dio cuenta del contraste entre el mundo ordinario de todos los días y aquel más sutil, acogedor y libre, que había visitado en su temporaria muerte y que ahora aparecía en su mente como un sueño lejano. Su lado humano surgió de golpe con renovada fuerza, resistiéndose a poner en marcha una misión que parecía demasiado grande para una sola mujer. Buscó protegerse de su llamado entre cuatro paredes, lejos del sol. Pero el Supremo, que todo lo ve, volvió a presentarse para recodarle aquel pacto sagrado. Así fue como se dio cuenta de una vez y para siempre que afuera podía estar el mundo concreto de todos los días, pero dentro de su ser había un cielo infinito donde reinaba la singular presencia de Jesús, su Gran Amante. Nunca iba a estar sola, sólo tenía que tomar la decisión de servirlo y abandonarse a esa energía suprema.
Así empezó todo. Su esposo y sus hijos tuvieron que aceptar sus palabras: “Mi familia terrena tiene de todo, pero mi familia celeste está en la calle. Yo me voy con mi familia celeste a la calle”. A pesar de las lágrimas, ellos entendieron su llamado y se volvieron sus más cercanos benefactores.
Iba a pasar mucho tiempo para que en Italia la nombraran Mujer del Año y otros tantos más para que la nominaran al Premio Nobel de la Paz. ¡Dios mío! Imagínense el efecto propagador que su misión tiene y tendrá para las futuras generaciones. A cuantas personas contagiará, cuántos de nosotros nos sentiremos atraídos e inspirados a transformarnos en un mensaje de paz en tiempos de agobio.

Juan Ignacio Gilligan
Bahía Blanca - 2010